(Articulo publicado por AQUILES en Candaya)

 

Aquiles sabe que, no siendo ni filósofo ni politólogo, le apasionan la filosofía y la política. Y lo considera un problema porque sus lecturas, a pesar de ser abundantes y variadas, no responden más que a una pulsión, a un acto impetuoso de búsqueda de respuestas y no a la dedicación minuciosa, paciente y disciplinada del estudio. Pero, ¿cómo podría llamar al origen, a la causa primera de ese instinto?; ¿acaso defecto?, ¿acaso tendencia pecaminosa?, ¿acaso maldición gitana? Aquiles observa, valora, asume y extrae evidencias que lo obligan, primero a percatarse de su ignorancia y, segundo, a desear con todas sus fuerzas enmendarla de alguna manera.
Aquiles ha sido joven y podría considerarse que ha tenido más suerte que los demás por poseer un ambiente propicio a la búsqueda del conocimiento, por ser dueño de una inteligencia media que le ha permitido encauzar correctamente la voluntad de aprender. Independientemente de lo que aseguren los sociólogos o los dueños de los grupos de comunicación; al margen de épocas, modas y caracteres, lo cierto es que a todos llega el momento -y éste suele coincidir con la juventud- en que el interés por los semejantes se convierte en un cedazo con el que se distinguen los grandes temas de la existencia: el amor y la muerte. Cada cual orienta las conclusiones según lo propicio de sus circunstancias, y muchas veces ocurre que la política -una versión más del amor- asalta y empuja hacia el abismo de la esperanza.
¿Quién no ha sentido ese mise en abisme?
Aquiles también lo sintió y se inició, por azares de la vida y del corazón, en el pensamiento político de la izquierda: ese vasto y difuso territorio que va desde el cristianismo de base, pasa por el movimiento de objeción de conciencia, el descubrimiento del existencialismo francés, el pacifismo, la aceptación de todos los nacionalismos que en el mundo han sido, la ecología y acaba con la ufana afiliación en el partido político de turno. ¿No se llama a eso iniciación?
Sin embargo -¡oh, hado miserable!-, el panorama cambia de súbito. Ahora lo sabe, está convencido: la izquierda y su utopía son espejismos de la adolescencia para que se asuma, con cierta pose de orgullo, la derrota y se adentre en las oscuras galerías de la misantropía. Aunque lo cierto es que, en el caso de Aquiles, hay que añadir también el ingrediente de la posmodernidad, del pensamiento débil. Así pues, ahí tenemos a Aquiles, cansado, hastiado, transido de amargura por la evidencia de que lo imposible es imposible, de que todos los seres humanos que no acogen el ideal del progreso -mejor: de un único progreso- están absolutamente equivocados. Sí, allá va, dando tumbos entre Derridá y Baudrillard, entre la sombra y la noche. ¿Hacia dónde se dirige? ¿Qué destino le depara?
No obstante, si Aquiles no posee el aura que lo haga brillar entre el rebaño, ¿por qué no concluye su aprendizaje en ese difuso mar de la apatía, en la paramera de los placeres pequeños -distintos a esos otros “pequeños placeres” que no son justificaciones de la indigencia moral o de la falta de perspectiva, sino fruto del tiempo ganado por y para la intimidad-, en el desierto de lo consabido, de lo prefijado, de las soluciones acomodaticias? ¿Qué produce la bifurcación de su sendero? ¿Qué ocasiona el temblor que sacude el débil edificio del ideal?
Cierta noche, hace unos años, el “web azar” -que, dentro de poco, será como aquel “gay saber”- lo lleva hasta la grabación de un programa de televisión de principios de los noventa. Cuando lee su título, «La Clave», de repente rememora aquella infancia en blanco y negro, a aquellos señores que, en indescifrables debates, anunciaban la hora del infausto viaje hacia la cama. Pero este programa en particular pertenece a la época de su recuperación en Antena 3. En él ya no hay blanco y negro. En él las palabras de los tertulianos cobran un nuevo sentido.
Se habla de Don Juan, el padre del rey. Los invitados son historiadores, políticos, periodistas. Todos ensalzan la figura del personaje, todos se ajustan al típico discurso de comprensión de la Historia como un cúmulo de hechos consumados con una lógica implícita que explica el presente y acaso pueda poseer también cierto poder oracular. Pero, entre ellos, destaca un señor de escaso cabello y bigote cano, que fuma como un carretero y que es presentado como Antonio García-Trevijano, abogado, notario, profesor en excedencia de Derecho Mercantil y, sobre todo, mano derecha de don Juan por aquella época y líder de la Junta Democrática, plataforma que aglutinara a la oposición clandestina durante los últimos años de la Dictadura. Los minutos vuelan cuando don Antonio toma la palabra. Habla de traición, de oportunismo. Habla de engaño, de mentira. Habla de Estado de partidos, de corrupción.
¿Quién es ese tipo? El curioso Aquiles comienza a investigar y el “web azar” no tarda en ofrecerle las grabaciones de otros programas. Entonces el discurso comienza a tomar forma y siente una gran sacudida en la mayoría de sus convicciones. Medita durante algún tiempo. Su cabeza rebosa de preguntas, de respuestas a las preguntas, de nuevas preguntas a las respuestas. Y una conclusión va fraguándose lentamente. Pletórico y asustado -y, todo hay que decirlo, siempre inclinado hacia la mirada barroca, hacia el neoplatonismo “esmeraldino”- expresa por fin su propio, humilde y exiguo eureka: ¡todo es mentira!
A partir de ese instante Aquiles descubre algunas cosas:
1.- Muy pocas revoluciones que forjan el Estado moderno tienen en cuenta a Montesquieu. Éste es considerado una antigualla por los franceses en 1791; los americanos se miran en el espejo británico de Locke y de la “Gloriosa”.
2.- En ningún momento de la Historia los sistemas parlamentarios asumen, por tanto, la división de poderes. Los lectores de Rousseau anhelan la igualdad social; los de Locke, un Estado liberal en el que los asuntos económicos estén al margen de los políticos.
3.- En los estados parlamentarios el Legislativo es casi omnipotente ya que nombra al Ejecutivo y determina la elección de los componentes del judicial.
4.- Los sistemas parlamentarios hacen aguas en los dos costados de su viejo y carcomido cascarón: por un lado son incapaces de poner freno a la corrupción, por otro, se muestran débiles ante el auge de las ideologías totalitarias. Además, al no inmiscuirse en los asuntos económicos, alientan el descontento de los más desfavorecidos. El Estado liberal abre las puertas, por tanto, a la última Gran Guerra.
5.- Tras 1945 las potencias vencedoras conocen muy bien las causas del desastre, no obstante aplican un remedio que es consecuencia del miedo a la libertad. Este remedio no es otro que la instauración de un Estado donde la sociedad civil goce de libertades públicas y exista libertad económica, pero se destruyan los últimos rescoldos de la libertad política. Convirtiendo a los partidos políticos -que, en teoría, deben ser los representantes de los ciudadanos, de la pluralidad ideológica de la sociedad- en órganos financiados por el Estado, se consigue el control ideológico de la sociedad y el sabotaje de cualquier atisbo de inestabilidad.
6.- Lo que no se tiene en cuenta -o se tiene pero se considera un mal menor- es que, al institucionalizar los partidos, se institucionaliza también la corrupción, lo cual va minando poco a poco la lealtad y la confianza que el ciudadano depositara en sus gobernantes.
7.- Así pues -y resumiendo-: el Estado de partidos es la solución que, en plena Guerra Fría, las potencias occidentales observan para frenar el avance de los partidos comunistas en sus territorios y el posible resurgimiento de las ideologías totalitarias.
Pero lo más importante para Aquiles no es la información asimilada sino que, por vez primera, se interesa por la belleza de una materia, la política, que ha sido arrinconada hasta el momento en su sombrío desván de lo ideológico por la moda, por cierto diletantismo intelectual o, sencillamente, por ese fervor posmoderno que difumina los contornos de las palabras y de las cosas.
Y, si pergeñado está el trayecto que ha de seguir, todavía, en ese instante en que se acumulan las verdades y los espejismos, la inseguridad y una suerte de creencia vaga -por supersticiosa- en el sino y en su romántico vigor frena la cabalgada definitiva. Entre el marasmo epistemológico que lo anega, Aquiles sólo es capaz de percibir la evidencia del miedo al mar tenebroso; ¿cómo es posible -logra preguntarse en algún que otro alarde de sinceridad- que yo abandone el bastón del ideal sin que cualquier lugar recóndito de mis convicciones se resienta ineluctablemente?
Ya se ha dicho -aunque quizá no se ha insistido lo suficiente en ello- que es la belleza de la materia política lo que gana su corazón. Pero esto no significa que Aquiles se enamore de cierta teoría, que admire determinada época o que sienta el anhelo de zambullirse en el estudio, sino que, por primera vez, paladea la delicia de saberse dueño de un propósito ajeno al mero deseo personal que derriba las atalayas del discurso establecido, de lo políticamente correcto, del argumento mediocre. Ha percibido la belleza de la democracia. Sus formas son tan subyugantes, tan demoledora es su sencillez que, tras el arrobo inicial, sobreviene la indignación por el cúmulo de vejaciones a la que ha sido sometida.
Entiende que la gran confusión comienza en atribuir a la democracia cualidades que le son distantes y que resultan, en cierto modo, secundarias. La democracia es la forma de gobierno de las mayorías que opera según unas reglas muy definidas y precisas: representación del ciudadano y separación de los tres poderes del Estado. La representación de la sociedad es efectiva si ésta puede elegir y deponer a sus representantes. La separación de los poderes debe ser radical a fin de salvaguardar al individuo del Estado, para que éste no regrese a la unidad absolutista y todopoderosa. ¿Por qué se erigen en condiciones? Habiendo comprendido que la democracia formal es la regla del juego y que la democracia social tan sólo aspira al reparto equitativo de la riqueza; habiendo asumido, por ende, que un Estado es democrático porque las reglas de juego son democráticas y no por la mayor igualdad económica que procure, considera imprescindible saber que: a) la representación es una adaptación al medio del fundamento de cualquier democracia: la participación; b) la caída del Antiguo Régimen produce una reacción contra el poder unificado y rotundo del monarca, no contra su figura. Por ello, la división del poder del Estado en tres poderes independientes -no en tres funciones del mismo poder- se convierte, no sólo en condición formal, sino en un símbolo de la fuerza de la mayoría sobre la tiranía. Todo Estado que reúna en una misma mano los tres poderes será, por definición, tiránico, pero no por la lógica del razonamiento sino porque lastrará los derechos y libertades de los ciudadanos, al no poseer éstos mecanismos de protección sobre dicho poder y al haber perdido toda capacidad de decisión.
Esta primera convicción posterga definitivamente, en Aquiles, cualquier debate ideológico, pues su propósito consistirá en entender y en hacer entender que sin estas sencillas reglas no hay democracia.
Tras semejante composición de lugar, Aquiles busca referencias con denuedo. Regresa a Internet y, allí, descubre lo que le dará el empujón definitivo: el blog de Antonio García-Trevijano, espacio fundacional del MCRC, Movimiento Ciudadano por la República Constitucional, donde, además de componerse la teoría de la democracia, va surgiendo ante sus ojos la teoría de la República. ¿Por qué República?, se pregunta entonces. República porque, para España en estos momentos, es la única forma de Estado capaz de salvaguardar la libertad política, pero, sobre todo, porque, articulada desde instituciones inteligentes, ha de erigirse como el sistema que logre el ansiado equilibrio entre el poder de la mayoría y la “violencia” del Estado.
Termina su iniciación admitiendo Aquiles la República Constitucional como la culminación de un largo proceso histórico en el que la práctica y la teoría de la democracia se han visto afectadas por el devenir de los acontecimientos. Ha habido momentos luminosos, como son las primeras presidencias de los Estados Unidos, en los que, si bien socialmente saltan a la vista detalles inaceptables hoy día -el sufragio restringido en algunos Estados o la existencia de la esclavitud-, formalmente sientan las bases tanto del tipo de Estado -República presidencialista- como del tipo de gobierno -democracia-. En la Independencia americana y en las décadas posteriores -hasta la llegada de Andrew Jackson al poder-, se descubren las posibilidades casi ilimitadas del genio humano para la convivencia y la pervivencia de una nación. El momento que se brinda ahora -la Guerra Fría acabó hace veinte años; el Estado de partidos ya no tiene razón de ser- resulta inmejorable para hacer realidad lo que posiblemente signifique un paso decisivo en la política contemporánea.
Éstas son, en la praxis, sus sencillas líneas maestras:
1.- Separación de poderes: los ciudadanos eligen al poder Legislativo y al poder Ejecutivo directamente y por separado.
1.1.- Poder Legislativo: España se divide en cuatrocientas o cuatrocientas cincuenta circunscripciones electorales de cien mil o ciento veinticinco mil habitantes cada una. Mediante el sistema electoral mayoritario -a doble vuelta si fuese necesario-, sólo un representante por circunscripción sale elegido para la Asamblea Nacional -única cámara existente-.
1.2.- Poder Ejecutivo: una sola circunscripción, la Nación en su totalidad, para elegir al presidente de la República.
1.3.- Poder Judicial: desaparición del Tribunal Constitucional. La única y más alta instancia del Judicial es el Tribunal Supremo, que es elegido mediante sufragio restringido a los miembros de la judicatura.
1.4.- La independencia de los poderes queda, a grandes rasgos, asegurada por las siguientes reglas de juego:
El Ejecutivo puede vetar una ley aprobada por el Legislativo, para lo que tendrá que dimitir.
El Legislativo puede interponer una moción de censura al Ejecutivo, para lo que tendrá que disolverse.
Potestad de cualquier juez para declarar inconstitucional una ley. El recurso será automática y directamente elevado al Tribunal Supremo, que habrá de pronunciarse -no hay un órgano intermedio entre el juzgado y el Supremo-.
2.- Representación y participación de los ciudadanos: se asegura el derecho de los ciudadanos a elegir y deponer a sus representantes y gobernantes de la siguiente manera:
2.1.- Poder Legislativo: debe ser representativo de la sociedad, y las mónadas republicanas, circunscripciones electorales con el mismo número de representantes, así lo aseguran. ¿Cómo sería el proceso de elección? Mediante sistema electoral mayoritario, el representante ganador es investido en presencia de los aspirantes perdedores, alcaldes y demás fuerzas políticas de la mónada, en acto solemne. A partir de ahora, él representará a la mónada en la Asamblea y a aquélla regresará cada cierto tiempo para rendir cuentas de sus actuaciones. Los electores, con mandato imperativo, pueden revocar el nombramiento de su representante si éste no cumple las promesas de la campaña electoral o si es declarado culpable de algún hecho delictivo. Es la mónada la que paga el sueldo del diputado.
2.2.- Poder Ejecutivo: es el representante del Estado, elegido en circunscripción única. El Ejecutivo recaerá en dos figuras: el presidente de la República, con sus ministros, y una figura mediadora entre el Estado y la sociedad civil: el presidente de la Asamblea Nacional, a cuyo nombramiento podrá acceder cualquiera de los diputados del Legislativo que se postule y que será elegido entre ellos mismos mediante votación. Como vemos, la presidencia de la Asamblea se define como una institución mixta mediadora entre los que aprueban las leyes y quien la ejecuta. Así pues el presidente de la Asamblea tendrá la potestad de sancionar las leyes emanadas del Legislativo, no en nombre del Jefe de Estado -el presidente de la República- sino en el de la República misma. La intermediación se hará efectiva en el momento en que el devenir político se crispe por la confrontación ideológica. Así, por ejemplo, el presidente de la Asamblea puede vetar una ley; consecuentemente, el Legislativo elevará el conflicto al presidente de la República. Éste puede hacer dos cosas: o sancionar finalmente la norma aprobada o, siguiendo la iniciativa del presidente de la Asamblea, vetarla, para lo que tendrá que dimitir y disolver la Asamblea para que los ciudadanos diriman el conflicto creado. La idea que establece esta institución mediadora es que, así como el Estado no debe interferir en la propuesta y en la aprobación de las normas que han de regir a la Nación, la sociedad y sus representantes no deben intervenir en la eficacia de las leyes y su sanción, pues esta potestad únicamente pertenece al Estado.
3.- Los partidos políticos dejan de ser órganos estatales. Pasarán a financiarse con las cuotas de sus afiliados; las donaciones habrán de llevarse a cabo con luz y taquígrafos. El Estado sólo financiará -equitativamente- la campaña electoral.
4.- Municipios: el mismo sistema para los municipios. Separación del poder Legislativo -concejales- y el poder Ejecutivo -alcaldes-. Ambos accederán mediante elecciones distintas y con sistema electoral mayoritario.
5.- Distribución territorial: las competencias básicas de gobierno -fiscalidad, educación, sanidad, fuerzas del orden y justicia- pasan a depender del Estado central. Las actuales Comunidades Autónomas sobreviven como demarcaciones judiciales y/o administrativas. Las tres comunidades lingüísticas conservarán sus Parlamentos, pero no el Ejecutivo. Es una solución intermedia -al estilo del parlamento escocés o galés- entre el centralismo absoluto -que no ha dado buenos resultados- y el dislate autonómico actual -que los ha dado peores-. Los nacionalismos no serán erradicados, obviamente, pero tendrán la justa fuerza que los ciudadanos quieran darles. La mayoría de las competencias que actualmente tienen las Comunidades Autónomas -excluyendo las cinco mentadas más arriba- pasarán a los ayuntamientos.