Ideario


 

                                 (Articulo publicado por AQUILES en Candaya)

 

Aquiles sabe que, no siendo ni filósofo ni politólogo, le apasionan la filosofía y la política. Y lo considera un problema porque sus lecturas, a pesar de ser abundantes y variadas, no responden más que a una pulsión, a un acto impetuoso de búsqueda de respuestas y no a la dedicación minuciosa, paciente y disciplinada del estudio. Pero, ¿cómo podría llamar al origen, a la causa primera de ese instinto?; ¿acaso defecto?, ¿acaso tendencia pecaminosa?, ¿acaso maldición gitana? Aquiles observa, valora, asume y extrae evidencias que lo obligan, primero a percatarse de su ignorancia y, segundo, a desear con todas sus fuerzas enmendarla de alguna manera.
Aquiles ha sido joven y podría considerarse que ha tenido más suerte que los demás por poseer un ambiente propicio a la búsqueda del conocimiento, por ser dueño de una inteligencia media que le ha permitido encauzar correctamente la voluntad de aprender. Independientemente de lo que aseguren los sociólogos o los dueños de los grupos de comunicación; al margen de épocas, modas y caracteres, lo cierto es que a todos llega el momento -y éste suele coincidir con la juventud- en que el interés por los semejantes se convierte en un cedazo con el que se distinguen los grandes temas de la existencia: el amor y la muerte. Cada cual orienta las conclusiones según lo propicio de sus circunstancias, y muchas veces ocurre que la política -una versión más del amor- asalta y empuja hacia el abismo de la esperanza.
¿Quién no ha sentido ese mise en abisme?
Aquiles también lo sintió y se inició, por azares de la vida y del corazón, en el pensamiento político de la izquierda: ese vasto y difuso territorio que va desde el cristianismo de base, pasa por el movimiento de objeción de conciencia, el descubrimiento del existencialismo francés, el pacifismo, la aceptación de todos los nacionalismos que en el mundo han sido, la ecología y acaba con la ufana afiliación en el partido político de turno. ¿No se llama a eso iniciación?
Sin embargo -¡oh, hado miserable!-, el panorama cambia de súbito. Ahora lo sabe, está convencido: la izquierda y su utopía son espejismos de la adolescencia para que se asuma, con cierta pose de orgullo, la derrota y se adentre en las oscuras galerías de la misantropía. Aunque lo cierto es que, en el caso de Aquiles, hay que añadir también el ingrediente de la posmodernidad, del pensamiento débil. Así pues, ahí tenemos a Aquiles, cansado, hastiado, transido de amargura por la evidencia de que lo imposible es imposible, de que todos los seres humanos que no acogen el ideal del progreso -mejor: de un único progreso- están absolutamente equivocados. Sí, allá va, dando tumbos entre Derridá y Baudrillard, entre la sombra y la noche. ¿Hacia dónde se dirige? ¿Qué destino le depara?
No obstante, si Aquiles no posee el aura que lo haga brillar entre el rebaño, ¿por qué no concluye su aprendizaje en ese difuso mar de la apatía, en la paramera de los placeres pequeños -distintos a esos otros “pequeños placeres” que no son justificaciones de la indigencia moral o de la falta de perspectiva, sino fruto del tiempo ganado por y para la intimidad-, en el desierto de lo consabido, de lo prefijado, de las soluciones acomodaticias? ¿Qué produce la bifurcación de su sendero? ¿Qué ocasiona el temblor que sacude el débil edificio del ideal?
Cierta noche, hace unos años, el “web azar” -que, dentro de poco, será como aquel “gay saber”- lo lleva hasta la grabación de un programa de televisión de principios de los noventa. Cuando lee su título, «La Clave», de repente rememora aquella infancia en blanco y negro, a aquellos señores que, en indescifrables debates, anunciaban la hora del infausto viaje hacia la cama. Pero este programa en particular pertenece a la época de su recuperación en Antena 3. En él ya no hay blanco y negro. En él las palabras de los tertulianos cobran un nuevo sentido.
Se habla de Don Juan, el padre del rey. Los invitados son historiadores, políticos, periodistas. Todos ensalzan la figura del personaje, todos se ajustan al típico discurso de comprensión de la Historia como un cúmulo de hechos consumados con una lógica implícita que explica el presente y acaso pueda poseer también cierto poder oracular. Pero, entre ellos, destaca un señor de escaso cabello y bigote cano, que fuma como un carretero y que es presentado como Antonio García-Trevijano, abogado, notario, profesor en excedencia de Derecho Mercantil y, sobre todo, mano derecha de don Juan por aquella época y líder de la Junta Democrática, plataforma que aglutinara a la oposición clandestina durante los últimos años de la Dictadura. Los minutos vuelan cuando don Antonio toma la palabra. Habla de traición, de oportunismo. Habla de engaño, de mentira. Habla de Estado de partidos, de corrupción.
¿Quién es ese tipo? El curioso Aquiles comienza a investigar y el “web azar” no tarda en ofrecerle las grabaciones de otros programas. Entonces el discurso comienza a tomar forma y siente una gran sacudida en la mayoría de sus convicciones. Medita durante algún tiempo. Su cabeza rebosa de preguntas, de respuestas a las preguntas, de nuevas preguntas a las respuestas. Y una conclusión va fraguándose lentamente. Pletórico y asustado -y, todo hay que decirlo, siempre inclinado hacia la mirada barroca, hacia el neoplatonismo “esmeraldino”- expresa por fin su propio, humilde y exiguo eureka: ¡todo es mentira!
A partir de ese instante Aquiles descubre algunas cosas:
1.- Muy pocas revoluciones que forjan el Estado moderno tienen en cuenta a Montesquieu. Éste es considerado una antigualla por los franceses en 1791; los americanos se miran en el espejo británico de Locke y de la “Gloriosa”.
2.- En ningún momento de la Historia los sistemas parlamentarios asumen, por tanto, la división de poderes. Los lectores de Rousseau anhelan la igualdad social; los de Locke, un Estado liberal en el que los asuntos económicos estén al margen de los políticos.
3.- En los estados parlamentarios el Legislativo es casi omnipotente ya que nombra al Ejecutivo y determina la elección de los componentes del judicial.
4.- Los sistemas parlamentarios hacen aguas en los dos costados de su viejo y carcomido cascarón: por un lado son incapaces de poner freno a la corrupción, por otro, se muestran débiles ante el auge de las ideologías totalitarias. Además, al no inmiscuirse en los asuntos económicos, alientan el descontento de los más desfavorecidos. El Estado liberal abre las puertas, por tanto, a la última Gran Guerra.
5.- Tras 1945 las potencias vencedoras conocen muy bien las causas del desastre, no obstante aplican un remedio que es consecuencia del miedo a la libertad. Este remedio no es otro que la instauración de un Estado donde la sociedad civil goce de libertades públicas y exista libertad económica, pero se destruyan los últimos rescoldos de la libertad política. Convirtiendo a los partidos políticos -que, en teoría, deben ser los representantes de los ciudadanos, de la pluralidad ideológica de la sociedad- en órganos financiados por el Estado, se consigue el control ideológico de la sociedad y el sabotaje de cualquier atisbo de inestabilidad.
6.- Lo que no se tiene en cuenta -o se tiene pero se considera un mal menor- es que, al institucionalizar los partidos, se institucionaliza también la corrupción, lo cual va minando poco a poco la lealtad y la confianza que el ciudadano depositara en sus gobernantes.
7.- Así pues -y resumiendo-: el Estado de partidos es la solución que, en plena Guerra Fría, las potencias occidentales observan para frenar el avance de los partidos comunistas en sus territorios y el posible resurgimiento de las ideologías totalitarias.
Pero lo más importante para Aquiles no es la información asimilada sino que, por vez primera, se interesa por la belleza de una materia, la política, que ha sido arrinconada hasta el momento en su sombrío desván de lo ideológico por la moda, por cierto diletantismo intelectual o, sencillamente, por ese fervor posmoderno que difumina los contornos de las palabras y de las cosas.
Y, si pergeñado está el trayecto que ha de seguir, todavía, en ese instante en que se acumulan las verdades y los espejismos, la inseguridad y una suerte de creencia vaga -por supersticiosa- en el sino y en su romántico vigor frena la cabalgada definitiva. Entre el marasmo epistemológico que lo anega, Aquiles sólo es capaz de percibir la evidencia del miedo al mar tenebroso; ¿cómo es posible -logra preguntarse en algún que otro alarde de sinceridad- que yo abandone el bastón del ideal sin que cualquier lugar recóndito de mis convicciones se resienta ineluctablemente?
Ya se ha dicho -aunque quizá no se ha insistido lo suficiente en ello- que es la belleza de la materia política lo que gana su corazón. Pero esto no significa que Aquiles se enamore de cierta teoría, que admire determinada época o que sienta el anhelo de zambullirse en el estudio, sino que, por primera vez, paladea la delicia de saberse dueño de un propósito ajeno al mero deseo personal que derriba las atalayas del discurso establecido, de lo políticamente correcto, del argumento mediocre. Ha percibido la belleza de la democracia. Sus formas son tan subyugantes, tan demoledora es su sencillez que, tras el arrobo inicial, sobreviene la indignación por el cúmulo de vejaciones a la que ha sido sometida.
Entiende que la gran confusión comienza en atribuir a la democracia cualidades que le son distantes y que resultan, en cierto modo, secundarias. La democracia es la forma de gobierno de las mayorías que opera según unas reglas muy definidas y precisas: representación del ciudadano y separación de los tres poderes del Estado. La representación de la sociedad es efectiva si ésta puede elegir y deponer a sus representantes. La separación de los poderes debe ser radical a fin de salvaguardar al individuo del Estado, para que éste no regrese a la unidad absolutista y todopoderosa. ¿Por qué se erigen en condiciones? Habiendo comprendido que la democracia formal es la regla del juego y que la democracia social tan sólo aspira al reparto equitativo de la riqueza; habiendo asumido, por ende, que un Estado es democrático porque las reglas de juego son democráticas y no por la mayor igualdad económica que procure, considera imprescindible saber que: a) la representación es una adaptación al medio del fundamento de cualquier democracia: la participación; b) la caída del Antiguo Régimen produce una reacción contra el poder unificado y rotundo del monarca, no contra su figura. Por ello, la división del poder del Estado en tres poderes independientes -no en tres funciones del mismo poder- se convierte, no sólo en condición formal, sino en un símbolo de la fuerza de la mayoría sobre la tiranía. Todo Estado que reúna en una misma mano los tres poderes será, por definición, tiránico, pero no por la lógica del razonamiento sino porque lastrará los derechos y libertades de los ciudadanos, al no poseer éstos mecanismos de protección sobre dicho poder y al haber perdido toda capacidad de decisión.
Esta primera convicción posterga definitivamente, en Aquiles, cualquier debate ideológico, pues su propósito consistirá en entender y en hacer entender que sin estas sencillas reglas no hay democracia.
Tras semejante composición de lugar, Aquiles busca referencias con denuedo. Regresa a Internet y, allí, descubre lo que le dará el empujón definitivo: el blog de Antonio García-Trevijano, espacio fundacional del MCRC, Movimiento Ciudadano por la República Constitucional, donde, además de componerse la teoría de la democracia, va surgiendo ante sus ojos la teoría de la República. ¿Por qué República?, se pregunta entonces. República porque, para España en estos momentos, es la única forma de Estado capaz de salvaguardar la libertad política, pero, sobre todo, porque, articulada desde instituciones inteligentes, ha de erigirse como el sistema que logre el ansiado equilibrio entre el poder de la mayoría y la “violencia” del Estado.
Termina su iniciación admitiendo Aquiles la República Constitucional como la culminación de un largo proceso histórico en el que la práctica y la teoría de la democracia se han visto afectadas por el devenir de los acontecimientos. Ha habido momentos luminosos, como son las primeras presidencias de los Estados Unidos, en los que, si bien socialmente saltan a la vista detalles inaceptables hoy día -el sufragio restringido en algunos Estados o la existencia de la esclavitud-, formalmente sientan las bases tanto del tipo de Estado -República presidencialista- como del tipo de gobierno -democracia-. En la Independencia americana y en las décadas posteriores -hasta la llegada de Andrew Jackson al poder-, se descubren las posibilidades casi ilimitadas del genio humano para la convivencia y la pervivencia de una nación. El momento que se brinda ahora -la Guerra Fría acabó hace veinte años; el Estado de partidos ya no tiene razón de ser- resulta inmejorable para hacer realidad lo que posiblemente signifique un paso decisivo en la política contemporánea.
Éstas son, en la praxis, sus sencillas líneas maestras:
1.- Separación de poderes: los ciudadanos eligen al poder Legislativo y al poder Ejecutivo directamente y por separado.
1.1.- Poder Legislativo: España se divide en cuatrocientas o cuatrocientas cincuenta circunscripciones electorales de cien mil o ciento veinticinco mil habitantes cada una. Mediante el sistema electoral mayoritario -a doble vuelta si fuese necesario-, sólo un representante por circunscripción sale elegido para la Asamblea Nacional -única cámara existente-.
1.2.- Poder Ejecutivo: una sola circunscripción, la Nación en su totalidad, para elegir al presidente de la República.
1.3.- Poder Judicial: desaparición del Tribunal Constitucional. La única y más alta instancia del Judicial es el Tribunal Supremo, que es elegido mediante sufragio restringido a los miembros de la judicatura.
1.4.- La independencia de los poderes queda, a grandes rasgos, asegurada por las siguientes reglas de juego:
El Ejecutivo puede vetar una ley aprobada por el Legislativo, para lo que tendrá que dimitir.
El Legislativo puede interponer una moción de censura al Ejecutivo, para lo que tendrá que disolverse.
Potestad de cualquier juez para declarar inconstitucional una ley. El recurso será automática y directamente elevado al Tribunal Supremo, que habrá de pronunciarse -no hay un órgano intermedio entre el juzgado y el Supremo-.
2.- Representación y participación de los ciudadanos: se asegura el derecho de los ciudadanos a elegir y deponer a sus representantes y gobernantes de la siguiente manera:
2.1.- Poder Legislativo: debe ser representativo de la sociedad, y las mónadas republicanas, circunscripciones electorales con el mismo número de representantes, así lo aseguran. ¿Cómo sería el proceso de elección? Mediante sistema electoral mayoritario, el representante ganador es investido en presencia de los aspirantes perdedores, alcaldes y demás fuerzas políticas de la mónada, en acto solemne. A partir de ahora, él representará a la mónada en la Asamblea y a aquélla regresará cada cierto tiempo para rendir cuentas de sus actuaciones. Los electores, con mandato imperativo, pueden revocar el nombramiento de su representante si éste no cumple las promesas de la campaña electoral o si es declarado culpable de algún hecho delictivo. Es la mónada la que paga el sueldo del diputado.
2.2.- Poder Ejecutivo: es el representante del Estado, elegido en circunscripción única. El Ejecutivo recaerá en dos figuras: el presidente de la República, con sus ministros, y una figura mediadora entre el Estado y la sociedad civil: el presidente de la Asamblea Nacional, a cuyo nombramiento podrá acceder cualquiera de los diputados del Legislativo que se postule y que será elegido entre ellos mismos mediante votación. Como vemos, la presidencia de la Asamblea se define como una institución mixta mediadora entre los que aprueban las leyes y quien la ejecuta. Así pues el presidente de la Asamblea tendrá la potestad de sancionar las leyes emanadas del Legislativo, no en nombre del Jefe de Estado -el presidente de la República- sino en el de la República misma. La intermediación se hará efectiva en el momento en que el devenir político se crispe por la confrontación ideológica. Así, por ejemplo, el presidente de la Asamblea puede vetar una ley; consecuentemente, el Legislativo elevará el conflicto al presidente de la República. Éste puede hacer dos cosas: o sancionar finalmente la norma aprobada o, siguiendo la iniciativa del presidente de la Asamblea, vetarla, para lo que tendrá que dimitir y disolver la Asamblea para que los ciudadanos diriman el conflicto creado. La idea que establece esta institución mediadora es que, así como el Estado no debe interferir en la propuesta y en la aprobación de las normas que han de regir a la Nación, la sociedad y sus representantes no deben intervenir en la eficacia de las leyes y su sanción, pues esta potestad únicamente pertenece al Estado.
3.- Los partidos políticos dejan de ser órganos estatales. Pasarán a financiarse con las cuotas de sus afiliados; las donaciones habrán de llevarse a cabo con luz y taquígrafos. El Estado sólo financiará -equitativamente- la campaña electoral.
4.- Municipios: el mismo sistema para los municipios. Separación del poder Legislativo -concejales- y el poder Ejecutivo -alcaldes-. Ambos accederán mediante elecciones distintas y con sistema electoral mayoritario.
5.- Distribución territorial: las competencias básicas de gobierno -fiscalidad, educación, sanidad, fuerzas del orden y justicia- pasan a depender del Estado central. Las actuales Comunidades Autónomas sobreviven como demarcaciones judiciales y/o administrativas. Las tres comunidades lingüísticas conservarán sus Parlamentos, pero no el Ejecutivo. Es una solución intermedia -al estilo del parlamento escocés o galés- entre el centralismo absoluto -que no ha dado buenos resultados- y el dislate autonómico actual -que los ha dado peores-. Los nacionalismos no serán erradicados, obviamente, pero tendrán la justa fuerza que los ciudadanos quieran darles. La mayoría de las competencias que actualmente tienen las Comunidades Autónomas -excluyendo las cinco mentadas más arriba- pasarán a los ayuntamientos.

 

 

Durante la Guerra fria los USA justificaron su intervencion armada sobre los paises asiaticos en funcion de la llamada teoria del efecto domino. El 7 de Abril de 1954 el gerenal Eisenhower explico esta teoria del siguiente modo: “Finalmente tienes unas considerciones mas amplias que podrian seguir lo que llamarias el principio de la caida del domino. Tienes una fila de fichas de domino puestas en pie, noqueas la primera ficha, y lo que le pasara a la ultima es que caera muy rapidamente. Por lo tanto podrias tener el principio de una desintegracion que podria tener las mas profudas influencias.” Lo que fue una falacia en el caso del comunismo, parece haberse cumplido a rajatabla con el Estado de las autonomias Español.

En un editorial aparecido ayer en El Pais titulado “baraja territorial” por primera vez se cuestionaba timidamente el modelo constitucional de las autonomias en este medio. Extraigo dos parrafos interesantes: “el instrumento ideado en la Transición para encauzar el problema territorial en España, y que se ha mostrado eficaz, no parece haber alterado la cuestión de fondo: tras la reforma de los Estatutos hay más autonomía, pero también más preocupación territorial. Es absurdo sostener que las reformas estatutarias provocarán la ruptura de España; tan absurdo como sostener que garantizarán mejor la unidad.”

Desde que se creyo que el café para todos iba a ser el remedio para la secesion de Catalunya y El Pais Vasco, la clase politica regional se ha vestido con los simbolos del nacionalismo para aumentar su control oligarquico. Su sed  de poder les ha llevado a hacer una politica basada en la creacion de comunidades parroquiales altamente uniformizadas y hostiles en relacion unas con otras. Una constitucion descentralizadora y autonomista copulada con una ley electoral partitocratica, engendraba lentamente en su interior un efecto domino devastador. Sin instituciones inteligentes como garantiza la Republica Constitucional, la clase politica ha dado rienda suelta a su voracidad territorial alcanzando grados de estatalizacion regional incompatibles con la existencia de un unico Estado. Divididas en facciones de partido, la coordinacion entre comunidades esta sujeta al chantaje. Pronto veremos la esquela del Estado Español en The Economist como hace unos meses vimos la sentencia de muerte al Estado Belga, su funcion en la historia habia concluido. Si la Republica Constitucional no interviene como garantia de libertad politica, separacion de poderes y unidad territorial, lo que armadas y emperadores extranjeros no consiguieron, la partitocracia Juancarlista lo conseguira en 30 años de sistematica corrupcion politica. Todos los partidos  han sido complices en el reparto del pastel y en la degradacion politica de la ciudadania. Los multiples problemas en transportes publicos, innovacion y sanidad son producto de la creacion artificial de minusculos Estados-Nacion con horizontes pedestres acomplejados. Solo nos queda la exigencia de la apertura de un periodo de libertad constituyente para poder construir un Estado capaz de superar algunos de los dificiles retos del siglo XXI con seguridad como el terrorismo, y la degradacion ecologica.

Reproduzco la Declaración de Principios y Valores publicada por don Antonio García Trevijano en su página:

I. Porque los seres humanos no nacen iguales en capacidad física y mental, ni en condición social, la Sociedad y el Estado deben garantizar la igualdad de derechos y de oportunidades.
II. Porque existe un imperativo moral en todas las conciencias, es condenable el oportunismo personal, social y político.
III. Porque los individuos no pueden desarrollar sus vocaciones ni sus acciones fuera del contexto social, la lealtad es fundamento de todas las virtudes personales y sociales.
IV. Porque los españoles padecen temores derivados de su tradicional educación en el Estado autoritario, solo la valentía personal puede crear la fortaleza de la sociedad civil frente al Estado.
V. Porque durante siglos se ha sacrificado y despreciado la inteligencia y el espíritu creador, apartándolos de los centros de enseñanza, del Estado y de los Partidos, esas facultades individuales han de organizarse para tener presencia activa en la sociedad civil.
VI. Porque la decencia constituye el decoro de la civilización, la sociedad civil debe civilizar a los Partidos y Sindicatos, sacándolos del Estado.
VII. Porque entre el Estado de Partidos y la sociedad civil no existe una sociedad política intermedia, la parte más civilizada de aquella debe orientar la formación de ésta, sin el concurso del Estado.
VIII. Porque la política afecta al universo de gobernados, si el lenguaje de políticos y medios comunicativos no es directo, correcto y expresivo del sentido común, disimula una falsedad o esconde un fraude.
XI. Porque no son legítimas las razones ocultas del poder político, siempre será ilegitima la razón de Estado.
X. Porque a la razón de gobierno solo la legitima la libertad política de los que eligen el poder ejecutivo del Estado, son ilegítimos, aunque sean legales, todos los gobiernos que no son elegidos directamente por los gobernados y no pueden ser revocados por éstos.
XI. Porque la razón de la ley está en la prudencia de legisladores independientes, elegidos por los que han de obedecerlas, no son respetables, aunque se acaten, las leyes emanadas de Parlamentos dependientes del Gobierno.
XII. Porque la razón de la justicia legal está en el saber experto de una judicatura independiente del gobierno y del parlamento, no pueden ser justas ni dignas las resoluciones de una organización judicial dependiente de ambos poderes.
XIII. Porque la razón del elegido está en el mandato unipersonal, imperativo y revocable del elector, es fraudulento el sistema proporcional de listas, que solo representa a los jefes de partido.
XIV. Porque los medios de comunicación forman la opinión publica, no puede ser imparcial ni veraz la información controlada por un oligopolio de poderes económicos.
XV. Porque la corrupción es inherente a la no separación de los poderes estatales, solo la puede evitar, con su separación, el recelo y la desconfianza entre sus respectivas ambiciones.
XVI. Porque las Autonomías fomentan los nacionalismos discriminadores o independentistas, deben ser compensadas integrándolas en la forma presidencial de Gobierno.
XVII. Porque las Autonomías fomentan gastos públicos improductivos, sus competencias susceptibles de ser municipalizadas deben de ser transferidas a los Ayuntamientos.
XVIII. Porque la Monarquía de Partidos carece de autoridad para garantizar la unidad de la conciencia española, y ha sido foco de golpes de Estado y corrupciones, debe ser sustituida por una República Constitucional, que separe los poderes del Estado, represente a la sociedad civil y asiente el natural patriotismo en la forma presidencial de Gobierno.
XIX. Porque la única razón de la obediencia política reside en el libre consentimiento de los gobernados, éstos conservan su derecho a la desobediencia civil y resistencia pasiva, sin acudir a la violencia, frente a todo gobierno que abuse del poder o se corrompa.
XX. Porque el pasado no puede ser revivido, sin imponerlo la fuerza del Estado, no es posible la restauración pacífica de la II República.
XXI. Porque el sistema de poder de las naciones europeas, ideado para la guerra fría, no es democrático, los españoles están obligados a innovar su cultura política para llegar a la democracia como regla formal del juego político.

Por lealtad a la sociedad civil, los Partidos Políticos, Sindicatos y Organizaciones No Gubernamentales no pueden ser financiados por el Estado; y por lealtad a la conciencia personal de los integrantes de este Movimiento de Ciudadanos, el MCRC no se transformará en partido político, y se disolverá tan pronto como su acción se agote con el referéndum que ratifique la Constitución democrática de la III República Española.

Actualización:

Dada la importancia de esta declaración, y lo necesario que se hace difundirla, he diseñado unos pergaminos con la Declaración de Principios, que enlazadas desde nuestras páginas, o simplemente enviadas en forma de correo, hacen que sea fácil y atractiva la lectura.
Pongo los enlaces por si alguien quiere hacer uso de ellas:

http://www.filelodge.com/files/hdd2/27920/Declaracion%20MCRC/declaracion_1.JPG

http://www.filelodge.com/files/hdd2/27920/Declaracion%20MCRC/declaracion_2.JPG

http://www.filelodge.com/files/hdd2/27920/Declaracion%20MCRC/declaracion_3.JPG

Generalmente, las acciones contra el poder establecido en el Estado fracasan. Unas, por radicalismo idealista, no interpretan los intereses materiales de la parte más consciente y dinámica de la sociedad. Otras, por ambición personal, no se identifican con las ambiciones sociales de los sectores convocados. La mayoría, por falta de análisis de la situación, confunden el interés de clase o de categoría profesional con los de la sociedad global. Las juveniles, por falta de intuición del momento, frustran la exigencia histórica de circulación de las élites. Las separatistas, por falta de justificación histórica, se agotan en la violencia. Y las de la acción por la acción, por falta de teoría, no imaginan más que golpes de Estado.

El incipiente MCRC reúne todas las condiciones para que su acción cultural y política trascienda al Estado. No es una aventura porque está inspirado en la teoría democrática de la República Constitucional. Sus dos únicos objetivos, asegurar la unidad de España y transformar la partitocracia en democracia, son compartidos por la inmensa mayoría de los españoles. Esta finalidad define sus dos adversarios: partidos estatales e independentistas. El escollo de la libertad política está, como siempre, en los medios de comunicación hacedores de opinión pública desde arriba. El obstáculo al cambio está, como siempre, en los grandes grupos financieros.

Esta visión realista de la situación política, de la coyuntura histórica y del contexto europeo donde nace el MCRC, determina la estrategia y la táctica de su acción colectiva, para transformar la oligarquía del Estado de Partidos en la democracia de una República de Ciudadanos. La estrategia es más fácil de definir que de ejecutar a través de las numerosas operaciones tácticas que requiere. En este terreno no caben los dogmatismos ni el providencialismo de un líder, como ha sido tradicional en las acciones de partido. Las iniciativas han de brotar de los manantiales civiles de la opinión desde abajo y de las fuentes ciudadanas de la libertad.

Todas las iniciativas han de respetar, sin embargo, los objetivos parciales que dicte en cada momento la inteligencia de las acciones tácticas. No hay que preocuparse, por ahora, de los adversarios, de los escollos y de los obstáculos. Las energías de la libertad deben concentrarse en la conquista de la hegemonía cultural en esta “sociedad cibernética”, único medio de comunicación que no está controlado por los poderes establecidos, y donde puede competirse en condiciones de igualdad. Cuando se logre, el MCRC habrá alcanzado entidad y madurez para abordar la conquista de la hegemonía cultural y política en la sociedad civil española.

Los integrantes del Club Republicano, conscientes de la impotencia de la Monarquía Parlamentaria para integrar los nacionalismos periféricos, y de la futilidad de la Constitución de la Unión Europea ante los Estados de Partidos derivados de la anacrónica Guerra Fría; preocupados por la ausencia de veracidad, lealtad y solidaridad en los valores sociales, y por el imperio, en el discurso público, de las eufemias propagandistas de minorías que amenazan con destruir los tenues derechos y libertades de que disfrutamos; convencidos de que la libertad política de los gobernados para elegir directamente a sus gobernantes y a sus representantes, en elecciones separadas, es el único instrumento legítimo para la transformación democrática del sistema político,

DECLARAMOS nuestra intención de promover, desde la sociedad civil, la democracia en la forma de gobierno, a fin de superar las actuales oligarquías estatales mediante la efectiva separación de poderes en el Estado; la sustitución por un sistema electoral mayoritario del actual sistema proporcional de listas de partido; el predominio de la libertad de pensamiento sobre el consenso; la libertad de acción política frente al monopolio de los partidos y sindicatos subvencionados por el Estado; la descentralización municipal ante el centralismo de las Autonomías, la diversidad de las fuentes de opinión frente al oligopolio del poder mediático y educativo; los valores estéticos del arte versus los puramente mercantiles; y en fin, la inteligencia crítica de los individuos contra el dogmatismo de los “ismos”.

APELAMOS a la contribución, comprensión y empatía de todos los desengañados del actual sistema político; de quienes tienen ideales en medio de una sociedad tipificada por el afán de dinero y fama; de los creadores de ideas, arte o riqueza, de los investigadores, de los profesores indefensos en el sistema educativo, de los estudiantes y aprendices de oficios, de los empresarios independientes de las oligarquías, de los periodistas censurados en su propia empresa, de los editores independientes del oligopolio editorial, de los grupos políticos no violentos sin voz en las instituciones, de las Fundaciones culturales; y, en general, de todos aquellos ciudadanos que, sin resignarse a soportar los abusos, la corrupción y el privilegio, sienten la necesidad de mejorar la calidad moral y cultural de la sociedad de bienestar. Y LOS INSTAMOS a que se agrupen o asocien para abordar la sustitución pacífica de este Estado de Partidos, por una República Constitucional, es decir, por una auténtica democracia formal, mediante la apertura de un período constituyente donde la libertad política de los ciudadanos constituya los poderes separados del Estado.

Madrid, 28 de marzo de 2006.

(EN EL SALÓN DE ACTOS DEL ATENEO DE MADRID, a las 19,30 h.)

CLUB REPUBLICANO, integrado por:

ACCIÓN REPUBLICANA DEMOCRÁTICA ESPAÑOLA (ARDE),

GRUPO TERCERA REPÚBLICA ESPAÑOLA (G-III),

LIBERALES POR LA REPÚBLICA (LIBRE),

PROGRESISTAS FEDERALES (PF),

Madrid 28007, C/ Doctor Esquerdo nº 105

Me apresuro a escribir estas líneas para salir al paso del primer error de léxico cometido por los promotores del movimiento ciudadano por la República Constitucional. La buena fe del error, debido a la manía de aplicar el adjetivo democrático a sustantivos que no guardan relación con la democracia, no lo disculpa el alma pura de los errantes. Llamar la atención sobre cualquier novedosa mercancía que aparece en el mercado adosándole el calificativo “democrático”, pertenece a un género publicitario que la democracia política debe prohibirse. Este movimiento ciudadano no será mercadería política para el consumo de masas pasivas, sino el precipitante que necesita el tercio laocrático de la sociedad para cristalizarse como bloque constituyente de la democracia formal.

Crear la esperanza en un Estado Democrático es una demagogia que solo puede permitirse la utopía del comunismo primitivo. Esa expresión solo sería adecuada a una organización piramidal del poder estatal, donde la democracia material haya eliminado toda posibilidad de democracia formal, donde la igualdad social haya prevalecido sobre la libertad política, donde la propiedad pública haya reducido la propiedad privada a los objetos de consumo. Por su propia naturaleza, el Estado no es susceptible de ser democratizado, ni sus funcionarios, de ser votados.

Las organizaciones jerárquicas, como el Estado y el ejército, están regidas por un principio absoluto de mando y obediencia, donde nada se discute ni se vota. Las órdenes descienden en cascada sobre funcionarios y soldados como si las decretara Júpiter desde el cielo. Si una ley de hierro impide que los partidos de masas sean democráticos, una capa de titanio cierra los espacios administrativos del Estado al paso del aire de la libertad. Los medios informativos del Estado de Partidos, cuyo régimen de poder no es una democracia formal, llaman democrático al Estado Monárquico. La República Constitucional no usará esta demagogia.

Este movimiento ciudadano debe decir con orgullo que el Estado de la República Constitucional no será democrático, sino decente, justo, austero y eficaz. La democracia regirá, en cambio, en todo lo que pertenece al sistema y al régimen del poder político. La democracia, situada en la sociedad política, legitima y organiza los poderes del Estado, pero no entra en su esfera administrativa. Este error de léxico, natural en un movimiento espontáneo que comienza a dar sus primeros pasos, permite mostrar que, a diferencia de los partidos, es capaz de corregirse a sí mismo en público.

Antonio García-Trevijano.